Diego Doncel: Discreta, verdadera, recatada


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Para muchos lectores españoles la voz de Louise Glück es la que más les gusta oír de la poesía norteamericana de este tiempo. Fascinada por la belleza de las ediciones de Pre-Textos, fue al contemplar un libro de Mark Strand que buscó publicar sus obra en español en esa exquisita colección de La Cruz del Sur. Allí encontramos títulos tan imprescindibles como El iris salvaje, Ararat, La siete edades, Averno, Praderas, Una vida de pueblo o Vita Nova, todo un corpus de una belleza y una sobriedad que tanto tienen que ver con lo que para ella es la poesía: un lugar limpio donde recogerse, donde vivir, un refugio de palabras desde donde mirar el mundo.

Sus poemas, por ello, son de una emoción tan rotunda como sorprendente, tan sencillos y transparentes que nos hacen ver un fondo siempre lleno de misterio. Louise Glück se detiene a contemplar la fascinante rutina del mundo para mostrarnos hasta qué punto las cosas tienen un halo enigmático, algo que no es entendible desde una posición meramente racional. Esto es lo que le ha llevado a ser una poeta querida y apreciada por los amantes de la poesía de todo el mundo, lo que le que le ha llevado a ser reconocida con los principales premios de la poesía norteamericana desde el Pulitzer al Premio de la Crítica.

En la vida, Louise Glück ha renunciado al fasto social, incluso académico, y se ha refugiado siempre en esos territorios del silencio y del alejamiento de cualquier brillo mediático. Discreta, verdadera, recatada ha dedicado su vida a intentar comprender el significado sentimental de, por ejemplo, un pájaro que canta en las ramas, unas violetas que exhalan sus preguntas al aire, o un pueblo con sus ciclos de vida y de muerte, de trabajo y resurrección. Para ella el mundo está lleno de símbolos que nos hablan y que debemos desentrañar, de signos a oscuros ante los que encendemos una vela para ver cuál es su rostro. No es extraño que más que la sala de conferencias o el plató de televisión, a ella le guste la vida retirada del campo y de las aldeas silenciosas, que más que el artificio de nuestra época le guste diluirse en el paso de las estaciones vivido desde la periferia de un jardín, de una casa de campo, de un bosque o de un litoral. Si no fuera por el éxito de sus libros sería una poeta secreta, recóndita, totalmente al margen.

Nada mejor para definirla que llamarla una poeta de la contemplación, de esa aventura espiritual que supone contemplar la vida simple de los hombres, la existencia interrogativa de todo lo que vive y que acaba desapareciendo, simple y majestuosamente, en el tiempo. Nada le es ajeno, ni la vida familiar ni la vida de las más humildes hierbas que crecen a la vera de los caminos. Su lenguaje poético es tan poderoso porque está lleno de tensión, de esa electricidad que supone el unir, como quería Unamuno, el sentimiento y el pensamiento, de hacer que todo lo que siente y conmueve esté a la vez pensando.

Hay en ella además un fondo clásico y un fondo mítico. Aspira a expresar el mundo buscando la armonía, tratando de expresarla aunque sea en medio de la tragedia, pero percibiendo que las dimensiones sentimentales del mundo son de tal envergadura que el poeta solo puede ser ante ellas un mendigo que le pide una limosna de sentido, unas migas de pan de su misterio. Es de suponer, por ello, que un premio como el Nobel, con su circo de focos, cámaras, entrevistas y visibilidades venga a alterar la vida de esta poeta que ha querido hacer de la poesía una moral para andar por el mundo, un baluarte de recogimiento, de silencio y de atenta escucha. Como diríamos de George de La Tour a fuerza de querer la simplicidad y el despojamiento, todas sus visiones se han vuelto oscuras, inquietantes y memorables.

Diego DoncelDiego DoncelColaboradorDiego Doncel

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