Cómo los reyes de España inventaron la segunda residencia (y la tercera)

Qué bonito es el atardecer en Aranjuez. Lo constato mientras paseo por el delicioso jardín de la Isla, un espacio lleno de árboles, avenidas y fuentes. Apenas hay visitantes, la quietud es absoluta, solo se oye el trino de los pájaros y el murmullo del agua. Nada insinúa que estas tierras pertenecieron a la belicosa orden militar de Santiago durante la Reconquista. Los caballeros santiaguistas acudían a Aranjuez en busca de descanso, recreo y esparcimiento.

Con el tiempo, el rey Fernando II de Aragón —Fernando el Católico— devendría administrador vitalicio de aquella orden y de todas sus propiedades, incluida Aranjuez. El soberano visitó repetidas veces el paraje, acompañado por su esposa, Isabel I de Castilla. Ya en 1523, Aranjuez quedó definitivamente vinculado al patrimonio de la Corona. Reinaba Carlos I, quien agrandó la finca con varias tierras limítrofes.





Escultura en el jardín de la Isla, Palacio Real de Aranjuez
Escultura en el jardín de la Isla, Palacio Real de Aranjuez
(Benjamín Núñez González vía Wikimedia Commons)



El jardín de la isla se llama así porque está en una isla en medio del río Tajo. Lo ordenó crear Felipe II en 1560. El rey proporcionó mármol de Italia para la construcción de las fuentes. Hay varias que representan a personajes mitológicos: Hércules e Hidra, Apolo, Venus, Diana, Baco… Una muy graciosa representa a un niño que se extrae una espina del pie. Me detengo delante de la cascada de las Castañuelas, llamada así por el sonido que el agua emite a su paso por las cavidades del terreno.

El jardín del Rey fue otro proyecto de Felipe II, quien lo encargó a sus arquitectos de cabecera: Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, creadores de El Escorial. Estos lo idearon como un espacio privado, solamente visible desde las habitaciones del palacio. Felipe II fue un rey con ínfulas de ingeniero. Él impulsó la construcción de las presas, canales y acequias que aún posibilitan el riego de los plantíos y el suministro de las fuentes. Su plan iba más allá, pretendía hacer navegable el río Tajo desde Aranjuez hasta Lisboa, pero ese proyecto quedó en agua de borrajas.





Jardín del Rey, Palacio Real de Aranjuez
Jardín del Rey, Palacio Real de Aranjuez
(Benjamín Núñez González vía Wikimedia Commons)



El Aranjuez de la Casa de Austria respondía en buena parte a las preferencias de la cultura flamenca, era más paisajista que geométrico. Todo cambió a raíz de la entronización de los borbones en España. La jardinería gala de la época aspiraba al control de la naturaleza, concebía el jardín como otro salón del palacio, solo que exterior y más amplio. El responsable de esa adaptación fue Étienne Boutelou, quien permaneció sesenta años al servicio de la Corona. Boutelou sometió el sitio de Aranjuez a la racionalidad y la simetría.

Lo compruebo en el jardín del Parterre, creado en tiempos de Felipe V. Nuestro primer borbón estaba habituado a las mansiones de recreo de la Corte francesa, y se sentía oprimido en su lóbrega residencia madrileña. Para huir de la capital, ideó una norma que sus sucesores adoptaron con entusiasmo: el establecimiento de una serie de visitas programadas que se repetían estacionalmente año tras año. Así, el rey pasaba todos los inviernos en el palacio del Pardo. Luego, en cuanto asomaba la primavera, se trasladaba a Aranjuez.





Jardín del Parterra, Palacio Real Aranjuez
Jardín del Parterra, Palacio Real Aranjuez
(Kus C�mara / Kus Cámara – Flickr)



La festividad de San Juan, el 24 de junio, señalaba el traslado de la familia real a La Granja de San Ildefonso (Segovia), en la vertiente norte de Guadarrama, donde el calor era más llevadero. Esas residencias ‘alternativas’ de los soberanos se conocieron como los Sitios Reales (o Reales Sitios). Con los reyes no solo viajaba su ejército de lacayos y servidores, sino también multitud de aristócratas y todos aquellos que desempeñaban algún papel en la administración del Estado.

Felipe V fue un rey melancólico y atormentado. Víctima de crisis existenciales, atravesaba épocas en las que se negaba a salir de la cama, o durante las que alarmaba a todo el mundo con gritos y gimoteos. Los historiadores creen que los Sitios Reales lo ayudaron a soportar la infelicidad, en ellos se podía dedicar a sus distracciones preferidas: la caza, la pesca, los paseos a caballo… o la música. Uno de los personajes que frecuentaron el palacio de Aranjuez fue el cantante Farinelli. El célebre castrato reconfortaba al monarca con su voz cristalina. Como agradecimiento, Felipe V lo nombró ‘director de los entretenimientos regios, y de la música y fiestas cortesanas’.





Jardines del Real Sitio de Aranjuez
Jardines del Real Sitio de Aranjuez
(Picasa / manuel m. v. – Flickr)



La entrada principal del jardín del Parterre discurre entre dos garitas de piedra de estilo Luis XIV. Me entretengo en el recoleto jardín de las Estatuas, llamado así porque acoge catorce bustos de emperadores romanos y de personajes de la época clásica. Las composiciones florales del jardín aún reproducen un diseño creado por Esteban Marchand entre 1727 y 1736.

A Felipe V lo sucedió su hijo Fernando VI, otro enamorado de Aranjuez. Durante su reinado, un incendio devastó el palacio en la primavera de 1748. El monarca encargó la reconstrucción al arquitecto Santiago Bonavía, quien hizo además una villa de nueva planta para los cortesanos. El nuevo palacio tenía capacidad para albergar las opulentas fiestas de la Corte, sobre todo la que celebraba la onomástica del monarca.

Pintura de Fernando VI y Bárbara de Braganza en los jardines de Aranjuez
Pintura de Fernando VI y Bárbara de Braganza en los jardines de Aranjuez
(Dominio público)








Fernando VI también fue un gran aficionado a la música. Él trajo a la Corte al compositor Domenico Scarlatti, creador de más de quinientas sonatas para clave. Otra distracción popular durante su reinado fueron las navegaciones por el río. Esos paseos cortesanos impulsaron la construcción de todo tipo de embarcaciones grandes y pequeñas. Las falúas tenían diseños caprichosos, como formas de ciervo o de pavo real. El conjunto se conoció como la Escuadra del Tajo. Los reyes y su comitiva salían a media tarde del embarcadero y regresaban al anochecer.

Fernando VI murió sin descendencia, lo sucedió su hermano Carlos III. Era muy distinto, un monarca insensible a la música y al lujo cortesano. Durante su reinado, los conciertos, los bailes y los paseos en falúas declinaron en Aranjuez. En cambio, fue un gran aficionado a la botánica como buen hijo de la Ilustración. Quizá el Real Sitio perdió un poco de pompa y opulencia, pero se llenó de álamos, tilos, robles, olmos y fresnos que todavía flanquean los caminos ajardinados, o de sauces llorones y sicomoros junto a los estanques. Incluso se plantaron muchos frutales, sobre todo albaricoqueros, limoneros y naranjos. Carlos III también mejoró las comunicaciones del Real Sitio.





Jardín del Príncipe, Palacio Real de Aranjuez
Jardín del Príncipe, Palacio Real de Aranjuez
(JCMarcos / Getty Images/iStockphoto)



El jardín del Príncipe es el más grande de Aranjuez y fue un capricho de Carlos IV cuando aún era Príncipe de Asturias. Tiene un perímetro de 7 kilómetros y 150 hectáreas de superficie, es mayor que el madrileño parque de El Retiro. Su interior acoge varias fuentes esculpidas en mármol de Carrara: las de Neptuno, Apolo, Narciso, del Cisne… También alberga el Museo de las Falúas Reales, donde se exhiben las embarcaciones antes mencionadas.

Carlos IV fue rey de España durante veinte años, entre 1788 y 1808, cuando lo sustituyó su hijo Fernando VII. Fue muy adicto a Aranjuez, donde impulsó reformas importantes: durante su mandato se construyó la Casita del Labrador, su aportación más personal.

Después de la guerra de la Independencia, la monarquía recuperó la tradición de pasar todas las primaveras en Aranjuez, un hábito que se prolongó hasta 1890, salvo el lógico paréntesis de la Primera República.

Jardín de Isabel II en el Palacio Real de Aranjuez
Jardín de Isabel II en el Palacio Real de Aranjuez
(De Zarateman vía Wikimedia Commons)



Con una forma cuadrada, el jardín de la Princesita o de Isabel II aprovechó un antiguo garaje de carretas y ganado, entonces sin uso. Se creó de manera que resultara visible desde el palacio. Con el tiempo se incorporó una estatua en bronce de Isabel II sobre un pedestal de mármol blanco. Fue un regalo de la Embajada de Francia.

El reinado de Isabel II no fue apacible. Cientos de miles de personas habían muerto en las guerras carlistas porque defendían el derecho de Isabel al trono, pero la voluble soberana vivía en la higuera. Vulnerable a la adulación, se rodeó de personajes reaccionarios —los mismos que habían conspirado contra ella—, quienes la alentaban a la persecución de cualquier progresismo. Se les conoció colectivamente como ‘la camarilla’. La consecuencia de su influencia fue una desafección creciente en los ambientes liberales.


Felipe V en cuanto asomaba la primavera, se trasladaba a Aranjuez





Algunos empezaron a preguntarse por qué grandes extensiones de tierras fértiles permanecían improductivas en Aranjuez, dedicadas al disfrute ocioso de la familia Real, mientras parte de la población no tenía suficientes alimentos. Pronto surgió una corriente de opinión que postulaba una abdicación en el trono, la sustitución de Isabel por su hijo Alfonso. Otra corriente, esta más radical, defendió la proclamación de la República.

Los jardines históricos que rodean al palacio Real de Aranjuez están abiertos al público todo el año, desde la 10 h hasta el atardecer. La entrada es gratuita.


En 1523, Aranjuez quedó definitivamente vinculado al patrimonio de la Corona





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