El lago del Bierzo creado por los romanos

El lago de Carucedo tiene 57 hectáreas de superficie (es decir, lo mismo que 57 campos de fútbol). Y, sin embargo, no se trata de un accidente geográfico del todo natural. Es la mayor superficie lacustre del Bierzo, en la provincia de León, y su historia tiene un recorrido corto, apenas dos mil años.

Uno de los lugares más bellos y enigmáticos de la región está a tan solo seis kilómetros, la explotación minera de
Las Médulas. Allí, el imperio romano explotó la mina de oro
a cielo abierto mayor de su territorio. Lo que nos ha quedado es un paisaje hermoso y descarnado de mineral de color naranja que contrasta fuertemente con el denso bosque con el que se mezcla desordenadamente. Los romanos, para obtener el preciado metal, necesitaban lavar enormes cantidades de mineral. El agua que se escurría de aquella actividad fue a parar a una hondonada natural, formando el lago de Carucedo.










En estos dos milenios, a Carucedo le ha dado tiempo a convertirse en un hábitat natural de gran valor, pues en sus orillas crece la vegetación clásica de ribera lacustre, y una fauna abundante y variada aparece ocasionalmente aprovechando las migraciones o incluso lo ha tomado como residencia habitual. Se censan aquí cada año cercetas, ánades silbones, somormujos, zampullines, pollas de agua, escribanos palustres… Aparece también en el entorno un bosque de acebuches, árboles netamente mediterráneos que tienen escasa presencia en esta mitad norte peninsular.

Con sus accesibles cuatro kilómetros de perímetro, Carucedo se ha convertido en una zona de paseo y práctica de deportes al aire libre preferente para los habitantes de esta zona situada a tan solo veinte kilómetros de Ponferrada. Para los ornitólogos tiene un valor mayúsculo, pues se trata del único humedal reseñable de todo el Bierzo.










En lo que Carucedo destaca más, sin embargo, es en el acúmulo de leyendas conseguido en tan solo dos milenios de existencia, casi un auténtico récord. Según algunos, a nueve metros de profundidad –la máxima de este lugar– brilla todavía Durandal, la espada del mítico guerrero Roldán.

Según otros, fueron las lágrimas de la diosa celta Bernia, al comprobar que un centurión romano no correspondía a su amor, las que formaron el lago. Para algunos sería la boca del corredor subterráneo que conecta con la anegada ciudad de Lucerna. Y otros recuerdan el cuento de que el lago se originó tras una bíblica tempestad desencadena por el infructuoso amorío entre el abad de un monasterio cercano y una joven pastora. Según el mismo relato, la torre de una iglesia se encontraría en el fondo del lago, derribada por un rayo.






Hechos todos ellos de difícil comprobación. Sin embargo, es más fácilmente detectable que las aguas de Carucedo experimentan un alarmante descenso en la diversidad de especies que lo pueblan, fruto según los científicos de las variaciones del nivel del agua, que tienen un fuerte acento en función del régimen de lluvias.





Lo que es indudable es que Carucedo es una rareza en el paisaje berciano, y vale la pena acudir a esta localidad ya limítrofe con Galicia para darse un garbeo por sus orillas y contemplar tranquilamente aves de marjal.


Los romanos, para obtener el oro, necesitaban lavar enormes cantidades de mineral. El agua que se escurría fue a parar a una hondonada natural, formando el lago










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